Hubo un tiempo
en que el silencio no daba miedo,
porque estaba lleno de vida.
Las manos no buscaban una pantalla,
sino otras manos,
la tierra húmeda,
las páginas de un libro,
la calidez de un abrazo.
Las tardes no necesitaban filtros;
el cielo bastaba.
Y el canto de un ave
era la única notificación que se escuchaba.
Éramos más cercanos al viento,
al aroma de la lluvia,
a las conversaciones sin prisa
y a las sonrisas que nacían de lo genuino,
no para posar ante una cámara.
Lo simple tenía un brillo
que ninguna tecnología ha conseguido imitar.
Lo auténtico no competía por atención;
simplemente existía.
Hoy el mundo corre
entre pantallas que prometen acercarnos,
mientras olvidamos mirar
a quienes se sientan frente a nosotros.
Quizá el verdadero progreso
no consista en avanzar más rápido tecnológicamente,
sino en recordar el camino
que nos devuelve a lo esencial:
a nosotros,
a nuestras raíces,
a lo genuino.
Porque hay una belleza
que nunca podrá descargarse:
a de vivir el momento,
sentir el viento en el rostro,
dejar que la arena se deslice entre los dedos,
escuchar la lluvia caer,
respirar el aroma del café recién hecho,
el perfume de la tierra mojada,
y el canto de los pájaros
que construyen su hogar en la copa de los árboles.
Tal vez entonces descubramos
que el corazón nunca necesitó tanto.
Que anhela lo simple,
lo genuino,
lo real.
Que las poses,
lo superfluo
y el materialismo
solo son ruido.
Porque la belleza de lo simple y de lo auténtico
es el verdadero lujo.
Y, sin embargo,
es el que menos las personas se detienen a contemplar.
‘Prosa que nace de la contemplación del horizonte al amanecer’
Autor: Morgana Castillo
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